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© 2015, Ana Riera

© 2015, Redbook Ediciones, s. l., Barcelona

Diseño de interior y de cubierta: Regina Richling

Imágenes de cubierta:

Coco Chanel, Maria Calas, Katharine Hepburn, Josephine Baker

ISBN: 978-84-945961-8-6

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.»

Índice

Introducción

Maria Callas,

la diva que revolucionó el mundo de la ópera

Pasionaria,

la comunista que hizo de la lucha su bandera

Mata Hari,

la espía más erótica y menos comprometida del mundo

Arletty,

la actriz que acabó convertida en icono

Frida Kahlo,

una pintora distinta y sublime

Madame Pompadour,

la amante real más célebre y carismática

Gala,

la musa misteriosa que llegó de Rusia

Coco Chanel,

la huérfana que revolucionó el mundo de la moda

Amelia Earhart,

la aventurera que vivió surcando los cielos

Colette,

la escritora que osó hablar abiertamente de la sexualidad

Katharine Hepburn,

la actriz que plantó cara a Hollywood

Mae West,

la niña mala de Hollywood

Josephine Bake,

la perla negra que luchó contra el segregacionismo

Emilia Pardo Bazán,

la primera escritora profesional

Bibliografía

Introducción

Yo me he sentido siempre muy orgullosa de pertenecer al sexo femenino. Esa es una de las razones que me empujaron a escribir este libro. Porque siempre me han gustado las mujeres y las he admirado. Sobre todo a algunas, como las que aparecen en estas páginas. Mujeres fuertes, libres, únicas, que supieron vivir su vida intensamente, lejos de estereotipos y convencionalismos, que tuvieron la imaginación suficiente para encontrar un camino distinto y muy suyo, que ante las dificultades se crecieron, lucharon y hallaron el modo de seguir adelante y de ser las verdaderas protagonistas de su historia. En definitiva, mujeres con M mayúscula. Y eso a pesar de las cortapisas impuestas por los hombres y también, muchas veces, por el resto de las mujeres; a pesar de tener unas cuantas circunstancias en contra, o muchas.

Y precisamente porque se trata de mujeres admirables, diferentes, que supieron destacar, he querido que sean ellas las que nos cuenten con sus propias palabras quiénes fueron, qué sintieron y por qué, cuál fue su secreto y cuáles sus miedos. Porque por mucho que uno investigue, por muy bien que uno se documente, jamás lo que cuente tendrá tanta fuerza como la voz de las protagonistas, una voz que nos hace viajar en el tiempo, que nos transporta a otra realidad y que nos ayuda a comprender, a conocer de verdad.

Se trata pues de un libro que habla sobre mujeres y escrito por una mujer, una servidora, pero no es un libro para mujeres, al menos no sólo para ellas. Porque más allá de su sexo, las elegidas son personas interesantes de las que todos, hombres y mujeres, podemos aprender mucho.

Podría haber muchas más, de hecho no son más que una pequeña muestra, una selección subjetiva, muy subjetiva, de personajes que pienso vale la pena conocer, de mujeres con las que me habría encantado sentarme a charlar un rato sin prisas. Y lo cierto es que después de haber escrito este libro, de algún modo es como si hubiera sido así, porque he conseguido oír su voz y he sentido que, de algún modo, me abrían su corazón.

Así que yo me marcho ya, hago mutis por el foro y les dejo con ellas, con las verdaderas protagonistas de esta historia. Confío que las disfruten tanto como yo.

Maria Callas,

la diva que revolucionó el mundo de la ópera

«Cuando la música no llega armoniosa al oído y no consigue calmar el corazón y los sentidos, es que algo falla.»

Corría el año 1923 y un recién estrenado mes de diciembre en las calles de Nueva York cuando nació Maria Callas que, en realidad, fue bautizada como Ana Maria Cecilia Sofía Kalogeropoúlos. El motivo, que sus padres, Evangelia Dimitriadis y George Kalogeropoúlos, eran griegos. De hecho habían llegado a los Estados Unidos el mes de agosto de ese mismo año, de modo que todavía estaban estableciéndose.

Cuando ella llegó al mundo su familia esperaba con entusiasmo que fuera un varón que pudiera reemplazar de algún modo la trágica pérdida del hijo de tres años que había muerto apenas unos meses antes. Así que cuando le dijeron a su madre que se trataba de una niña, ni siquiera quiso verla. El desapego materno se prolongó durante toda la niñez de Maria, y esa falta de cariño la marcó ya para siempre: «Desde que era una niña supe que las personas que me rodeaban no tenían demasiado buen juicio. De modo que sólo tenía dos opciones: actuar como ellas lo hacían o comportarme como yo creía que debía hacerlo».

Maria, además, era una niña gordita, poco agraciada y miope, la antítesis de su hermosa hermana, lo que la convirtió desde muy temprana edad en la oveja negra e incomprendida de la familia. Por suerte no tardó en descubrir algo en lo que sí podía destacar y que podía ayudarle a llenar ese vacío: la música.

En 1929 su padre, que era farmacéutico, decidió abrir un negocio familiar en un barrio de Manhattan y para facilitar las cosas cambió su complicado apellido por el de Callas. Fue entonces cuando nuestra protagonista se convirtió en Maria Callas.

Maria se traslada a Grecia

En 1937 sus padres se separaron. Tanto Maria como su hermana se quedaron con su madre, que decidió regresar a Grecia. Su progenitora había advertido ya que su hija tenía unas espectaculares dotes vocales y tuvo claro que había que explotarlas. El problema era que Maria todavía no tenía la edad exigida para ingresar en el conservatorio. Eso, sin embargo, no fue un impedimento. Aprovechando el hecho de que era una chica alta y que parecía mayor de lo que era, su madre falseó los datos y Maria entró en el Conservatorio Nacional de Atenas: «Cuando no era más que una adolescente mi madre me llevó a un programa de cazatalentos. No gané. Todavía tenía mucho que aprender. Sin embargo debo decir que del chico que ganó nunca he vuelto a saber nada. Él no triunfó y yo sí».

Era una alumna aplicada a la que le gustaba mucho aprender: «Soy como una esponja. Absorbo todo lo que puedo de los demás. Opino además que incluso de la persona más sencilla e inculta puedes aprender algo». Estudió con la soprano Maria Trivella y después con la española Elvira de Hidalgo, que la formó en la tradición del belcanto romántico italiano. Pero a pesar de todo, su madre seguía comparándola con su hermana. Y como el único atractivo que le veía era su voz, la presionaba constantemente con las clases y sus estudios: «Debería existir una ley que prohibiera que los adultos pudieran obligar a los niños a trabajar a una edad temprana. Todos los niños deberían disfrutar de una infancia maravillosa. No es justo abrumarlos con un exceso de responsabilidad. Mi madre me apoyó únicamente porque vio que podría sustentarla económicamente. Admiro su fortaleza y agradezco su apoyo, pero debo decir que jamás me he sentido querido por ella».

Afortunadamente, había alguien en su vida a quien pronto empezó a admirar y con quien se sintió muy unida. Fue su padrino, Leonidas Lantzournis, quien le brindó todo el afecto y la ternura que su familia más directa no supo transmitirle: «Te quiero y te admiro, y eres para mí como parte de mi sangre. Es extraño notar cómo los parentescos que nos unen a nuestros consanguíneos no son realmente relevantes. Los míos me han dado sólo infelicidad».

Había empezado a estudiar tan joven, y era tan buena alumna, que hizo su debut no profesional en Atenas con tan solo 15 años. El papel que interpretó entonces fue el de Santuzza en la ópera Cavalleria rusticana: «Soy una persona tímida, sin embargo, cuando me subo a un escenario me transformó por completo, es como si fuera otra persona».

Maria inicia su carrera como cantante

Maria siguió estudiando y formándose. Ya sabía qué quería hacer en la vida, y su carácter exigente la llevaba a superarse día a día: «Cuando entro en un teatro todavía lo hago andando de puntillas. Para mí es como entrar en un santuario sagrado». Su debut profesional se produjo en febrero de 1942, en el Teatro Lírico Nacional de Atenas con la opereta Boccaccio. Ese mismo año, en el mes de agosto, logró su primer éxito con la ópera Tosca en la Ópera de Atenas.

Cuando las tropas de Mussolini invadieron Grecia, Maria cantó en diversas ocasiones desde el balcón de su casa a las tropas enemigas a cambio de comida para ella y su familia. Durante los últimos meses de la II Guerra Mundial, sin embargo, las cosas empezaron a ponerse tan feas que Maria decidió regresar a los Estados Unidos donde seguía viviendo su padre.

Un par de años más tarde, en 1946, Edward Johnson, el director general de la Metropolitan Opera House, la escuchó cantar. Quedó tan fascinado que sin pensárselo dos veces le ofreció el papel protagonista de las dos producciones que tenía programadas para esa temporada: Fidelio, de Beethoven, y Madame Butterfly, de Puccini. Pero Maria Callas ya era mucha Maria, aunque todavía no fuera una celebridad fuera de Grecia, y rechazó ambos papeles. El primero porque no estaba dispuesta a cantar Fidelio en inglés y el segundo porque opinaba que el papel de Butterfly no era el más indicado para debutar en América. Inició así una práctica que mantuvo durante toda su carrera y que dejaba claro su fuerte carácter: «Siempre he decidido qué papeles hacer y cuáles no. Nunca me he dejado imponer un papel. Yo y sólo yo decido a quién voy a interpretar». Así, durante el año 1946 se dedicó a hacer algunos trabajos menores y se concentró en seguir perfeccionando su técnica: «Nadie me ha regalado nada, pero no me importa sacrificarme si gracias a ello puedo alcanzar lo que deseo. La vida es una lucha constante por la independencia. Yo he luchado para ser independiente y me considero enormemente privilegiada».

El 1947 fue un año importante para Maria Callas. Por un lado conoció en Verona a Giovanni Battista Meneghini, un acaudalado industrial 30 años mayor que ella con el que inició una relación sentimental. Vio en él al padre que tanto había echado de menos, al hombre con el que podía sentirse segura y protegida: «Lo elegí como a un padre». Por otro, debutó en la Arena de Verona con La Gioconda bajo la batuta de Tullio Serafin. Maria tuvo un éxito notable pero lo más importante fue que conoció a Serafin, que se convirtió en una especie de guía o tutor del que aprendió muchísimo: «Aprendí muchísimo de Serafin. En una ocasión me dijo ‘Si escuchas la música de verdad, con tus oídos y tu alma, sabrás cómo actuar en el escenario’». También fue Serafin quien le hizo una audición para el papel protagonista de Tristan e Isolda, papel que ella consiguió y con el que debutó en el teatro Le Fenice de Venecia durante la temporada 1947/1948.

Su carrera empieza a coger carrerilla

En 1949 Tullio Serafin iba a dirigir Il Puritani de Bellini con Margherita Carosio, pero ésta enfermó y había que sustituirla. Y quiso la casualidad que la esposa de Serafin escuchara a Maria interpretando precisamente el papel de Elvira durante una velada en casa de unos amigos. Esa misma noche, emocionada, le dijo a su marido que debía escucharla. Él aceptó y, tras oír su interpretación, la contrató al momento. Maria disponía tan solo de una semana para aprenderse el papel, y debía hacerlo mientras hacía tres representaciones de La valquiria, donde interpretaba a Brünnhilde. Maria aceptó el reto y salió airosa de la exigente prueba gracias a su enorme capacidad de trabajo y a su gran nivel de exigencia: «Siempre he aspirado a más de lo que puedo abarcar. Pero no cambiaría nada de mi vida, ni por todo el oro del mundo». Cuando bajó el telón tras la primera representación de Il Puritani, el 19 de enero de 1949, Maria Callas se había convertido ya en toda una estrella. Desde ese instante se entregó a su trabajo en cuerpo y alma: «Una ópera empieza mucho antes de que se levante el telón y termina mucho después de que se haya bajado. Empieza en mi imaginación, se convierte en mi vida y sigue formando parte de ella mucho después de que haya abandonado el teatro». En 1949 se casó también con Meneghini, aunque en ningún momento pensó en formar con él una familia tradicional: «Mi trabajo me ocupa mucho tiempo. Es muy difícil triunfar en mi campo y criar una familia. Me habría encantado formar una gran familia y criar a mis hijos, pero la vida me ha llevado por otro camino». En vez de eso debutó en el Teatro Colón de Buenos Aires.

Maria conquista La Scala

A Maria, no obstante, le quedaba por conquistar la Catedral operística de Italia, es decir, La Scala de Milán. Su oportunidad se presentó el 12 de abril de 1950 cuando le pidieron que representara el papel de Aïda que Renata Tebaldi no podía realizar. Pero la acogida del público milanés no fue la esperada y Maria tuvo que esperar otro largo año, concretamente hasta el 7 de diciembre de 1951, para metérselo en el bolsillo. Pero cuando por fin lo consiguió, fue ya para siempre. Su actuación en Il vespri siciliani fue una de las más aclamadas y recordadas, y fue de hecho la que le hizo ganarse el apelativo de La Divina: «Yo no trabajo por el dinero, cariño. Yo trabajo por el arte. Mi destino es tan grande que me aterra».

Ese mismo año debutó en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, donde cantó con Giuseppe Di Stefano. Juntos grabaron nueve óperas completas y acabaron conformando una de las parejas más célebres de la historia de la ópera: «Cuanto más famoso es uno, más difíciles son las cosas y menos le quiere a uno la gente. Cuando eres famoso es muy difícil saber quiénes son tus amigos de verdad. La fama hace perder la cabeza a la gente que no es famosa porque sólo ven el glamour, la parte espectacular. No ven el esfuerzo, la lucha, todo el trabajo que hay detrás». En 1952 Maria Callas firmó un contrato de grabación exclusiva con Walter Legge, productor musical de la EMI, y eso a pesar de que nunca le gustó escucharse: «Odio escucharme, supongo que porque percibo todos mis errores».

Era ya una cantante famosa y ganaba unos buenos honorarios, por lo que su madre decidió pedirle dinero. Pero ella no estaba dispuesta a olvidar el desapego que siempre le había demostrado: «Es verano y hace buen tiempo. Vete al río, madre, y disfruta del aire fresco. Y si luego, como dices, sigues necesitando dinero, lo mejor que puedes hacer es lanzarte al agua y ahogarte».

Maria decide perder peso

Maria Callas era una mujer muy corpulenta y decidió que tenía que bajar de peso: «No me sentía a gusto. Cada vez tenía la voz más pesada y el exceso de kilos limitaba mis expresiones faciales, así que decidí hacer régimen. Fui al médico, pero me dijo que si bajaba de peso perdería la voz y no quiso ayudarme. De modo que me fui a mi casa, leí y me informé y decidí perder peso por mi cuenta. Me dije, si nadie quiere ayudarte, tendrás que espabilarte tú sola. En 1953, cuando empecé, pesaba 95 kilos. Dos años después pesaba 56 kilos».

Cuando reapareció se había convertido en otra persona, en la mujer atractiva y magnética que todos recordamos hoy: «Cuando tomo una decisión, asumo las consecuencias». Su nuevo físico era perfecto para representar a la tísica Violeta de La Traviata, y a Ifigemia, Elisabetta, Anna Bolena o Amina. Visconti se dio cuenta enseguida y lo aprovechó durante años para sus escenificaciones cinematográficas.

Su carrera pasó a ser un éxito constante. En 1954 debutó en la Lyric Opera de Chicago y en 1955 interpretó una Norma que fue considerada legendaria: «Mi personaje favorito es Norma, porque es un personaje complejo y siempre descubro algo nuevo cuando lo interpreto. Es fuerte y frágil a la vez. Simplemente me fascina». Ese mismo año cantó una Lucía junto a Herbert von Karajan en la Deutsche Oper de Berlín. Con esa representación se reabría el famoso teatro alemán y el delirio del público fue tan grande que Maria tuvo que repetir el sexteto del segundo acto. El año siguiente, concretamente el 28 de octubre, debutó en la Metropolitan Opera House de Nueva York.

Maria había actuado y triunfado ya en los principales teatros de ópera de todo el mundo, parecía que no le quedaba nada por hacer. Sin embargo, esa actitud no casaba bien con su carácter inquieto y exigente y encontró algo nuevo a lo que dedicar su tiempo: rescatar piezas que habían caído en el olvido, que no se representaban desde hacía muchísimo tiempo. Así, en 1957 representó Anna Bolena, de Donizetti, en La Scala, y más adelante La sonnambula, de Bellini. Como ella misma diría: «No hay forma de escapar al destino».

Maria conoce a Onassis

En 1957 Maria Callas representó La sonámbula en el Festival de Edimburgo. Su actuación tuvo tanto éxito que le pidieron que hiciera una representación más. Pero Elsa Maxwell, una gran amiga suya, la había invitado a una fiesta que daba en Venecia y ella, alegando que esa nueva representación no estaba prevista, se marchó de Edimburgo sin más. A esa fiesta asistió Aristóteles Onassis, el famoso magnate naviero multimillonario que acabaría convirtiéndose en el gran amor de Maria. ¿Fue una casualidad provocada por el capricho de una mujer o fue el destino? Ella solía decir: «No hay forma de escapar al destino». Lo cierto es que nunca sabremos si estaba realmente escrito en las estrella, pero está claro que la polémica decisión que tomó ese día determinó enormemente el resto de su vida. «Los hombres no aprecian lo suficiente a las mujeres, de modo que debemos hacernos indispensables. Por suerte nuestra mejor arma es precisamente que somos mujeres».

El 3 de noviembre de 1959 Maria abandonó a su marido y se convirtió en la amante de Onassis: «Primero estuve muy ocupada con mi trabajo, luego he sido muy perseguida. He decidido redimensionar las cosas, eliminar las cosas negativas de mi vida y tomarme tiempo para pensar y tomar decisiones. Estoy en paz conmigo misma». Su idilio tuvo una gran repercusión en la prensa de la época, que se encargó de difundirlo a los cuatro vientos: «El amor entre dos personas que no están casadas es mucho más fuerte». Con Onassis descubrió el placer sexual. Para alguien que nunca antes se había sentido realmente amada por un hombre fue todo un hallazgo que alteró por completo su vida: «Onassis se convirtió en mi mejor amigo. Era sincero, encantador y espontáneo. También yo me convertí en su mejor amiga». Hasta el punto de desatender lo que hasta entonces había sido el motor de su vida, su carrera como cantante: «El amor es la devoción total. De todos modos, las mujeres son capaces de amar con mayor intensidad que los hombres».

Maria regresa a los escenarios

En 1961, Maria retomó su carrera, pero tras dos años de intensa vida social durante los que no había cantado ni se había cuidado demasiado, su voz había perdido buena parte de su fuerza: «No puedo cambiar mi voz. Mi voz no es un ascensor que sube y baja». Su tesoro más preciado empezaba a mostrar signos evidentes de decadencia. El 11 de septiembre de ese mismo año, mientras interpretaba a Medea, justo durante el duelo que mantiene con Jasón, el público empezó a pitar porque se sentía defraudado con su voz. Tras pronunciar el primer crude dejó de cantar, miró al público y le dedicó el segundo crude. Hizo una nueva pausa y comenzó de nuevo, ahora pronunciando la frase «Te lo he dado todo» (ho dato tutto a te), mientras levantaba el puño en señal de desafío. Su magnetismo era tal, tan sincero su dolor, que consiguió hacer enmudecer al público. Al final de la representación recibió una clamorosa ovación: «Sólo existe un lenguaje para la música, lo mismo que en el amor. Cuando el público te ovaciona sientes satisfacción, resulta gratificante. Es importante, claro, pero tu trabajo lo es más. De hecho a mí me gustaría que aplaudiera sólo al final, como en el teatro. Porque si te aplaude mientras estás actuando rompe la atmósfera que tanto te ha costado crear».

El mes de mayo de 1965, durante una representación en la que Maria interpretaba a Norma en la Ópera de París, Fiorenza Cossotto, que era muy consciente de que la Callas estaba extenuada, decidió derrotarla en escena. Escogió el gran dueto y se ensañó con ella. Cuando el talón finalmente cayó, Maria sufrió un colapso y se quedó inconsciente. Era el principio del fin.

La Callas decide bajarse de los escenarios

El director Nicola Rescino dijo en una ocasión: «Es un profundo misterio que una chica del Bronx educada en un ambiente sin inclinación a la ópera se haya visto dotada de la capacidad de cantar el recitativo a la perfección. Tenía un sentido arquitectónico que le indicaba con toda precisión qué palabras debía acentuar en una frase musical y cuál era la sílaba exacta que había que subrayar en esa palabra». Esa era Maria Callas. Una mujer icónica, una de las máxima exponentes del belcanto del siglo XX, una prima dona con poder vocal e instinto dramático, un fenómeno que todavía nadie ha conseguido emular. En definitiva una heroína más grande que todas las que representó sobre los escenarios. Pero su magia se había ido apagando poco a poco. En 1965 realizó su última representación operística en el Covent Garden londinense. Tenía tan solo 41 años. Maria Callas la artista se estaba desvaneciendo, pero lo peor estaba aún por llegar.

La estocada final

En 1966 Maria renunció a la ciudadanía estadounidense y aceptó la griega con la intención de que su matrimonio con Meneghini quedara técnicamente anulado. Quería volver a ser libre para poder contraer matrimonio con el único hombre del que se enamoró realmente, su gran amor, Aristóteles Onassis. En ese momento de su vida, eso era lo que más deseaba, al menos la Maria mujer. Soñaba con convertirse en su esposa, pero la propuesta de matrimonio no parecía llegar nunca. Onassis encontraba siempre algún pretexto para alargar la situación. Y entonces, en la primavera de 1966, Maria descubrió que estaba embarazada de dos meses. Fue tal su felicidad que fue corriendo a contárselo a su amado, pero éste no reaccionó como esperaba: «Si lo que pretendes es atarme con ese bastardo, lo llevas claro». Maria abortó al día siguiente, pero como si eso no fuera ya de por sí demasiado, además se operó para no tener que volver a disgustar a Onassis con ese tema.

En realidad, la suya fue una relación tortuosa que estaba destinada a terminar en tragedia, porque las intenciones de Onassis, y sus sentimientos, no eran los que ella creía. Todo se precipitó cuando el 20 de octubre de 1968, sin previo aviso y sin dar más explicaciones, Onassis anunció que iba a casarse con Jacqueline Kennedy, la viuda de John Fitzgerald Kennedy.

La noticia fue como un jarro de agua fría para Maria, que se sintió profundamente vilipendiada y cayó en una profunda depresión. Empezó a abusar de los tranquilizantes y los somníferos. El 25 de mayo de 1970 tuvieron que llevarla corriendo al hospital porque había intentado suicidarse con una sobredosis de barbitúricos. Así resumía ella misma lo que sentía: «Primero perdí mi voz, luego perdí mi figura, después perdí a Onassis».

Los últimos coletazos de Maria

Entre 1971 y 1972 pareció recuperarse un poco: «Había entregado mi alma al diablo, pero la he recuperado». Probó con la dirección escénica e impartió algunas clases magistrales en la Julliard Art School de Nueva York, pero nada acababa de funcionar, probablemente porque no lo hacía convencida y no era capaz de ponerle toda el alma. Cansada de todo, se instaló definitivamente en París, en el apartamento de la avenida Georges Mandel 36, cerca del Arco de Triunfo.

En enero de 1973 el hijo favorito de Onassis falleció en un accidente. Fue un duro golpe para Aristóteles. Además, el matrimonio entre él y Jacqueline hacia aguas por todas partes así que, desencantado, buscó a Maria e intento recuperarla. Pero ya era demasiado tarde, Maria no le perdonó nunca su traición y, aunque seguía enamorada, le rechazó.

En octubre de 1973 Maria volvió a subirse a un escenario, y lo hizo junto a Giuseppe di Stefano, con quien había triunfado en los viejos tiempos. El proyecto pretendía evocar toda esa época dorada pero, sobre todo, animar a Maria, que estaba triste y hundida, y se pasaba los días encerrada en su apartamento sin ver a nadie. Llevaba ocho años sin cantar en público. La gira no tuvo una gran repercusión desde el punto de visto artístico, pero se salvó por el lado de la nostalgia. Maria y Giuseppe dieron conciertos por todo el mundo. El último de ellos tuvo lugar el 11 de noviembre de 1974 en Sapporo, Japón. Fue el último lugar del planeta donde se pudo disfrutar de Maria Callas en directo.

En 1975 murió Aristóteles Onassis y ella se hundió definitivamente: «Su viuda soy yo», declaró convencida. Maria solía decir: «Dios, concédeme lo que quieras, bueno o malo. Pero si es malo, dame también la fuerza necesaria para hacerle frente». Pero en esta ocasión quizás Dios no la escuchó. En cualquier caso ella decidió que la vida ya no tenía sentido para ella, ni como artista, porque había perdido su maravillosa voz, ni como mujer, porque había perdido a la única persona a la que realmente había amado. Así que se encerró en su apartamento y, sencillamente, se despidió del mundo.

Maria Callas se marcha

El 16 de septiembre de 1977 Maria Callas se despertó, desayunó en la cama y fue al baño para asearse. Notó un dolor agudo en el costado izquierdo y se desmayó. A pesar de que enviaron llamar inmediatamente al médico, cuando éste llegó Maria ya había fallecido. Su funeral tuvo lugar cuatro días más tarde. Su cuerpo fue incinerado en el cementerio parisino de Père Lachaise y sus cenizas debían ser esparcidas, según sus expresos deseos, por el mar Egeo, donde descansaban también las de Onassis. Pero tuvo que esperar todavía un poco para reunirse con su amado porque alguien robó la urna fúnebre. Afortunadamente aparecieron unos días después.

Esta mujer icónica, siempre luchadora, algunas veces incomprendida y en muchas ocasiones infeliz, según sus amigos más íntimos, se había dejado morir. Ella misma lo explicó perfectamente en una ocasión: «¿Sabes por qué el papel de Norma siempre ha sido el que más me ha gustado? Porque ella elige morir antes que hacer daño al hombre que ama, y no le importa que él la haya despechado». Era tan testaruda, tan obstinada, que incluso escogió cuando debía hacer su mutis final. Afortunadamente, antes de hacerlo se había convertido ya en un mito inmortal.